primera y última vez.

 

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– “¡Primera y última vez que te enamoras de un cobarde huevón!”, dijo gritándose en voz baja y para dentro, muy para dentro, para no despertarle. Rotunda, muy rotundamente, como era ella, tantas veces tomada por una antipatiquísima oficinista cuarentona. Aunque quizá sólo fuera por su tono de voz grave, la expresión grave de sus ojos (que no era más que miopía o astigmatismo, qué importa eso), y los ángulos marcados de su rostro, en realidad era boba perdida. Por eso se fue despacito, a oscuras y sin hacer ruido.
Las nubes se cernían en torno a ella, alborotando toda su existencia y agotada, su debilidad dejó caer una pequeñísima lágrima al salir de su casa y de su vida, y como hacía tanto frío, se congeló sobre su pómulo dejándole, debido a la sal, una pequeña marca, una quemadura que afortunadamente todos confundirían con una peca, pero que siempre la recordaría esa lágrima que no merecía.

(María J. De la Cruz)

(ph. David et Myrtille)

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