pasajeros distraídos.

59b

 

Es muy tarde o quizá temprano, el tiempo gasta estas bromas siempre conmigo. Bajo despacio las escaleras, no quiero despertarte, no quiero despertarme. Compuesta como puedo, creo que tengo aún tiempo, …tiempo…, para un cigarrillo. Necesito fumar, como si quisiera limpiar mi dentro con el humo, como los santeros al poseso pero dentro y sacar el monstruo que hay en mí, antes que llegue el taxi.

“Sí, sí, soy yo. Ya estoy esperándole, de acuerdo, dentro de cinco minutos es perfecto”. Joder, el tiempo es de verdad bromista, por no decir cabrón. Dice cinco minutos…podía haber dicho dentro de cinco vidas, y probablemente seguiría esperando aquí sentada en los escalones de granito de este portal viejo y destartalado,  como una antesala de mi corazón y probablemente no podría estar mejor en ninguna otra parte en un momento como este, dando bocanadas para reblandecer este tiempo, este no tiempo, que me invade y se enquista dentro.

Empiezo a sentir el frío y se me cuela dentro con la humedad de esa lágrima que cae de la noche y se me pega con el moho de tus fantasmas. Me fumo a sorbos el pitillo, necesitaría algo caliente aún a sabiendas de perder este último sabor tuyo en mi boca.

Oh, Dios, es terrible esta espera, quiero salir de aquí y no quiero, la ciudad que me vigila se convierte de nuevo en tu esposa y quiero esconderme, de ella, de ti, es una presencia tan hostil como el tiempo, como el recuerdo. Me voy a encender otro. Ya llega, me da tiempo a un par de caladas…

Buenas noches ¿o mañanas ya? ese tiempo, que de nuevo se ríe en mi cara mientras atravieso como el filo de una cuchilla el confín entre la noche y el día, como atravieso la calle de puntillas para no despertar ese límite sutil entre los deseos y la realidad, le compro un billete para un viaje, como pasajeros distraídos en un taxi de madrugada mientras miramos tu portal con la frente apoyada sobre la ventanilla. Todo son reflejos, los semáforos parpadean, la bombilla de tu casa aún encendida, el taxímetro, todos son silencios que alargan el silencio.

¿Dónde vamos señorita?

No sé, conduzca por favor, no hay nadie…conduzca.

¿De verdad no quiere que le lleve a ninguna parte?…A ninguna parte, sonrío irónica,…es demasiado pronto para ir a ninguna parte y demasiado tarde para quedarse en ningún alma.

(Texto e imagen. María J. de la Cruz Guerra)

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